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La tradición morada que sobrepasa fronteras

Escrito por: Ximena Arrieta


El Perú crece día a día y se moderniza, con sus altos edificios y amplios centros comerciales. Sin embargo, aunque los años pasen y el país se transforme, son las tradiciones las que nos mantienen conectados a nuestras raíces.


Cada mes de octubre, Lima se viste de morado para celebrar una de las fiestas religiosas más grandes y reconocidas a nivel mundial: la procesión del Señor de los Milagros. Miles de personas se dan cita en las calles del Centro Histórico para seguir al ‘Cristo de Pachacamilla’, en un encuentro que engloba devoción, cultura y gastronomía.


La historia se remonta al 1651, en pleno Virreinato, cuando un esclavo de Angola pinto sobre un muro de adobe la imagen de Jesús crucificado. La pieza hubiese pasado desapercibida, pero el terremoto de 1655 la puso en boca de todos: Lima quedó devastada, siendo esta endeble pared la única que se mantuvo en pie y sin daños.


Las autoridades eclesiásticas de la época veían con malos ojos la creciente devoción a la imagen y ordenan borrarla, pero todas las personas que fueron enviadas a hacerlo eran víctimas de temblores o miedos inexplicables que los obligaban a huir. Años después el culto fue oficializado, sin embargo fue en 1687 cuando el mural se ganó el título de ‘milagroso’: otro terremoto destruyó Lima y la pared quedó intacta. Ese mismo año se realiza la primera procesión, costumbre que se mantiene hasta hoy.

El Señor de los Milagros recorren las calles de la ciudad cinco veces: el 1, 18, 19, 28 de octubre y 1 de noviembre. El lienzo – el muro original está en la Iglesia de las Nazarenas - va sobre un anda que pesa casi dos toneladas, adornada con piezas de oro, plata y piedras preciosas. Los miembros de la Hermandad del Señor de los Milagros tienen el privilegio de llevarla en hombros y caminan junto a sahumadoras y cantoras. Miles de devotos siguen el recorrido vistiendo los tradicionales hábitos morados, color usado por las Madres Carmelitas Descalzas Nazarenas que cuidan la imagen el resto del año.


Y como en toda celebración, la buena comida no está ausente. El dulce más popular del ‘mes morado’ es el Turrón de Doña Pepa, hecho con bastones de harina apilados, cubiertos con una capa de miel de chancaca y decorado con grageas de colores. El andar de los fieles es acompañado por el aroma de los anticuchos, palitos de corazón de res condimentados y hechos a la parrilla; y de los picarones, anillos de harina de trigo y zapallo fritos y bañados con miel de chancaca.


La devoción al Señor de los Milagros es tan grande que sobrepasa fronteras, con hermandades en más de 260 ciudades en todo el mundo. Las procesiones se organizan en Estados Unidos, Italia, Alemania, Brasil, Italia, Chile, México, Japón, Francia, España, Suiza, entre otros.