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El Qhapaq Ñan de Lima: Huancaya y el Apu Pariacaca

Publicado el 13 de Junio del 2019

Escrito por: Ximena Arrieta

(Fotografías: Naomi Tamamoto / Ximena Arrieta)


Escuché hablar de Huancaya por años, de ese pedacito andino que contrasta con el desierto con el que convivimos los limeños. Ese lugar de cielo azul y lagunas turquesas, distintos a las nubes del invierno y nuestro mar un tanto más oscuro. Finalmente, el día llegó.


La mejor hora para partir a Huancaya es temprano por la mañana, no solo para evitar el tráfico sino para aprovechar el buen clima y apreciar los hermosos paisajes. Nos esperan siete horas de camino rumbo sur, pasando por varios poblados conforme penetramos en la sierra limeña. El tiempo transcurre y, con él, el paisaje se transforma: aparecen las primeras montañas que ya no están cubiertas de arena, el cielo se despeja y deja atrás la intensa garúa típica de la capital y un río – ahora más caudaloso – se planta al lado de la carretera.



Huancaya forma parte de la Reserva Paisajística Nor Yauyos Cochas, famosa por sus numerosas cascadas y lagunas cristalinas. Zorros, zambullidores, garzas, truchas y demás animales pueden ser vistos a lo largo de sus más de 221 mil hectáreas entre los departamentos de Lima y Junín, así como maravillosos bosques de queñuales que conviven con ecosistemas altoandinos. Los pueblos de la zona son pequeños con una encantadora mezcla de construcciones coloniales y andinas, donde las comunidades campesinas conviven en armonía con la naturaleza.


La primera parada es la laguna de Huallhua, extensa, azul como ninguna, extraordinaria. Sin embargo, hay que subir a un bote y remar un poco para descubrirla en todo su esplendor con una serie de caídas de agua escalonadas que demuestran el caprichoso poder de la naturaleza. Verlas de cerca es sorprendente, ya sea desde el mirador o sintiendo su fuerza en la palma de la mano. Tras el paseo, una caminata de poco más de una hora nos acerca nuevamente a Huancaya, a través de un sendero rodeado de coloridas flores, siempre acompañados del sonido de las cascadas aledañas y con una vista panorámica de las decenas de pequeñas lagunas y riachuelos que fomentan con sus aguas el verdor en el área.



La aventura real empieza el segundo día. Hoy vamos en busca del verdadero protagonista de esta historia: el Qhapaq Ñan, ese increíble camino de más de 60 mil kilómetros construido por los incas para unir todo su imperio. Hace más de 500 años, la actual reserva era atravesada por una ruta transversal que unía el centro administrativo de Hatun Xauxa en la sierra central con el santuario de Pachacamac en la costa, pasando a los pies del imponente Apu Pariacaca y dejando un legado histórico incalculable.


La mañana empieza temprano. Tres horas en auto separan Huancaya de Sacsha, punto donde el antiguo camino inca se cruza con la carretera. Desde ahí, a 4,600 metros sobre el nivel del mar, nos embarcamos en un recorrido por la historia del Imperio más grande de Sudamérica. Paso a paso, ascendemos hasta los casi 4,800 metros del abra Portachuelo, donde una apacheta acompaña la primera visión que tenemos del sensacional paisaje andino, con cadenas de montañas que se expanden a lo lejos y un viento helado que nos recibe y reconfirma que estamos lejos de casa. El pago a la Pachamama es primordial, pidiendo que nos libre de cualquier peligro y pidiendo permiso a los apus para ingresar a sus dominios.



Inicia el descenso. El viento frío empieza a calentar (o quizás sea la exigencia física que implica esta caminata) y el terreno vuelve a transformarse, dando paso un sendero empedrado que muestra la ruta a seguir. Quienes hemos recorrido el Qhapaq Ñan alguna vez, reconocemos que tenemos frente una parte bien conservada de la ruta, y no nos equivocamos. Los primeros desniveles son evidencia de que estamos en la tan esperada sección de Escalerayoc, y pronto los cientos de escalones que la componen aparecen ante nuestros ojos.


Paso a paso nos acercamos a la parte baja de la escalera. La vista es única, una muestra de la maestría constructiva de los incas, quienes se las ingeniaron para diseñar este camino espectacular en comunión total con la naturaleza. Una pequeña parada para almorzar en un paraje silencioso y envidiable, cuya paz es solo interrumpida por el sonar de las campanas de nuestro grupo de llamas cargueras. ¿Por qué llamas? Porque la delicadeza de sus patas es perfecta para recorrer este tipo de caminos antiguos sin dañarlos y, además, porque contar con ellas equivale a ingresos para los arrieros locales; una técnica de cuidado animal que está siendo reemplazada y olvidada por el uso de otro tipo de animales o vehículos.



Una rápida visita a la cueva de Cuchimachay y sus pinturas rupestres de más de 8,000 años de antigüedad, con vicuñas preñadas que indican pudo ser un lugar destinado a rituales de fertilidad. Sigue caminar por la formación rocosa conocida como Culebrayoc y su peculiar forma de serpiente. Dice la mitología que las deidades de Huallallo Carhuancho y Pariacaca se enfrentaron aquí. Huallallo, asociado con el fuego, los sacrificios y el mundo de los muertos, lanzó una serpiente en llamas a Pariacaca y este la petrificó. Mientras avanzamos, a lo lejos, divisamos por primera vez la laguna Mullucocha, de excepcionales aguas azules y un tamaño impresionante. El Pariacaca, como buen guardián, se mantiene en firme resguardo.


La ruta continúa bordeando Mullucocha, cuyo nombre deriva del mullu o Spondylus, la concha sagrada de los incas que dicen formó la isla en medio de ella. Poco a poco el aire vuelve a faltar, signo del último ascenso del día hasta los 4,500 metros del abra de Masho. Luego vamos de bajada, pero el camino por recorrer es aún largo hasta Tambo Real donde dormiremos. La noche va cayendo, las fuerzas flaqueando, el frío calando hasta los huesos; es la parte más fácil de la caminata, sin embargo las horas en actividad empiezan a pasar factura. Finalmente, tras una que otra caída en un terreno pantanoso para amenizar la noche, llegamos a la meta. ¿El premio? Un cielo estrellado impactante, con la vía láctea clara sobre nuestras cabezas, de esos que solo te regalan los apus y que hay que agradecer.



Donde estamos no hay despertador. La luz del sol y el calor matutino nos obligan a desperezarnos y salir de la carpa. El día promete ser duro así que conviene andar ligero de ropa y reemplazarla por muchas botellas de agua en las mochilas. A unos metros de empezar, el Pariacaca nos da los buenos días sobre la laguna Piticocha. Motos, camionetas y hasta bicicletas pasan a nuestro lado por una trocha, pero el camino fácil no es para los aventureros. Salimos de la ruta marcada para ponernos frente a frente con el reto de hoy: el abra de Ocsha a casi 4,800 metros sobre el nivel del mar.


Nuevamente, el aire empieza a faltar pero las ganas de llegar a la cima son el impulso suficiente para seguir andando. Mitad de camino. Una pequeña estancia es lo más cercano que vemos a algo creado por el hombre, con techos de paja y un corral perfecto para pernoctar. Un campamento duro, sin lugar a dudas. A nuestro alrededor, nada. Solo naturaleza, rocas, pendientes y el Apu Pariacaca a lo lejos. Un último esfuerzo para llegar a la cima. Las llamas y su arriero Peter parecen no sentir la pegada. Finalmente, estamos arriba. Otra apacheta y una pequeña capilla es lo único que podemos encontrar en lo alto. No queda más que despedirnos del Pariacaca y su hermosa blancura, pues el descenso nos llevará directo a un valle donde el único contacto que tendremos con él será con el agua de su inevitable deshielo.



Conforme nos acercamos al nivel del mar, la temperatura vuelve a subir. El inicio de la vertiente del río Mala va marcando la ruta, dotando al paisaje de un incipiente tono verde que va aumentando con el transcurrir de los kilómetros. Sus aguas cristalinas – pero heladas – invitan a refrescarse en ellas, pero no hay tiempo que perder si queremos llegar a destino a buena hora. Nos conformamos con caminar acompañados de su suave sonido que inunda el ambiente, entre los pequeños riachuelos que se van unificando y crean hermosas caídas de agua.


Pronto, caminamos entre “zapatitos” (flores amarillas de una forma parecida a un pequeño calzado), una que otra margarita y muchas – realmente muchas – flores hermosas pero espinosas que nos hacen contorsionar conforme avanzamos por la trocha angosta. Entre subidas y bajadas, saltos para no caer en el barro y buenas dosis de bloqueador, nuestro remanente de camino inca vuelve a conectarse con la carretera que vimos abrirse camino a lo lejos. Tal cual el primer día, antiguo y moderno en un mismo punto. Oficialmente, estamos de vuelta.



Las camionetas esperan por el grupo para llevarnos de regreso a casa. Un último vistazo por la ventana de ese paisaje andino, antes de que las montañas pierdan su verdor para convertirse en rocas y las flores den paso a las casas de los pueblos, cada vez más grandes hasta llegar a la ciudad. Pero la experiencia queda, y la satisfacción de haber caminado los mismos pasos de los incas a pocas horas de Lima.